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domingo, 9 de marzo de 2014

REFLEXIÓN DE CARLOS PEÑA SOBRE UNO DE LOS PODERES FÁCTICOS QUE CONTROLAN EL PAÍS : LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

Hasta hace pocos años atrás -un período presidencial, más o menos-, los presidentes y sus ministros, y para qué decir los candidatos, se esmeraban en ser invitados al Centro de Estudios Públicos. Allí, en medio de la sobriedad de una casona que reunía a empresarios, los presidentes exponían la forma en que, pensaban, había de ser conducido el país. 

Se trataba de un acto, por supuesto, que reconocía la indesmentible realidad de lo que alguna vez se llamó poderes fácticos: grupos de personas que, al margen de toda deliberación, incidían en la fisonomía del poder público. El acto -sea por la presencia del poder desnudo o por la mala conciencia con que a veces se le ejecutaba- poseía una cierta contención emocional.

Esta semana, sin embargo, la situación fue radicalmente distinta.

Piñera y Bachelet, en días continuos, uno despidiéndose del poder, la otra reencontrándose con él, visitaron, en el caso de Bachelet acompañada de parte de su gabinete, a Don Francisco, experto en entretención y hábil manipulador de la levedad emocional de las masas. A diferencia de lo que ocurría en el CEP, donde era la facticidad del dinero y el prestigio lo que ordenaba la escena, aquí es la banalidad superficial, y a veces morbosa, de las emociones y de la intimidad, lo que manda y llena la pantalla.

Don Francisco, un nombre que llena la memoria emotiva y simple de las audiencias, se esfuerza, cuando actúa, por despojar a sus invitados de toda distancia. Si la distancia favorece la transferencia y crea el aura que rodea al poder, el diálogo banal y deliberadamente descuidado del animador se empeña en suprimir esa aura a cambio de crear la ilusión mentirosa de que el poder no existe y que quienes lo ejercen, él mismo y aquellos que él interroga, son como los millones de personas que los miran.

¿Qué pudo ocurrir en la esfera pública para que el ritual del CEP fuera sustituido por este otro ritual televisivo? 

Alguien dirá que el espacio público chileno se acercó un poco al ideal democrático; que, al sustituirse al CEP por el show de Don Francisco, la facticidad del poder fue desplazada por la sencillez de la entretención al alcance de las masas; que Mario Kreutzberger es mejor que Eleodoro Matte; que un baile de la Presidenta es mejor y más cercano que un discurso ante una asamblea empresarial. 

Desgraciadamente, esa sustitución de la facticidad del poder por la ciudadanía ampliada mediante la televisión, no fue tal.
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El programa solo reeditó en un nuevo formato la vieja publicidad representativa con que se ejercía el poder (lo que Habermas llama la refeudalización del espacio público), esa forma con que los señores y los reyes mostraban ante la corte que, después de todo, comían, dormían, se vestían, desvestían y despertaban de la misma forma que sus súbditos. 

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Ante Don Francisco, claro, no son esas funciones vitales las que se exhibieron, pero sí otras equivalentes: los invitados confesaron trivialidades, cantaron, bailaron, se sonrojaron. Los ministros fueron, además, infantilizados por la presencia de la Presidenta, lo que le confirió al show un aire extraño, lo transformó en un simulacro, una de esas cosas que llevaron a decir a Baudrillard que la realidad no existe y que está siempre sustituida por una puesta en escena.

¿Se está desplazando la esfera pública, entonces, desde el poder fáctico al poder del simulacro y de la entretención? 

Sería una exageración afirmarlo, pero el peligro está ahí. 

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Cuando la clonación se basta para la reproducción de la especie, el sexo, observa Baudrillard, se hace inútil. Cuando, mediante las artimañas de Don Francisco, quienes ejercen el poder logran identificarse con los millones que los miran a través de la televisión, a las masas y a la calle les podría ocurrir lo mismo.
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NOTA EDITOR : ¿ Tendría este notable programa como objetivo solo la búsqueda de puntos para el rating  y la captación de publicidad para el Canal de los Luksic o será una astuta manera de influir en la opinión pública para tranquilizarla ante los temores de cambios bruscos en las reglas del juego económico ?  

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